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La Tercera Fundación |
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En (Franz Kafka - 1914) –Es un aparato singular –dijo el oficial al explorador, y contempló
con cierta admiración el aparato, que le era tan conocido. El explorador
parecía haber aceptado sólo por cortesía la invitación del comandante para
presenciar la ejecución de un soldado condenado por desobediencia e insulto
hacia sus superiores. En la colonia penitenciaria no era tampoco muy grande
el interés suscitado por esta ejecución. Por lo menos, en ese pequeño valle,
profundo y arenoso, rodeado totalmente por riscos desnudos, sólo se
encontraban, además del oficial y el explorador, el condenado, un hombre de
boca grande y aspecto estúpido, de cabello y rostro descuidados, y un
soldado, que sostenía la pesada cadena donde convergían las cadenitas que
retenían al condenado por los tobillos y las muñecas, así como por el cuello,
y que estaban unidas entre sí mediante cadenas secundarias. De todos modos,
el condenado tenía un aspecto tan caninamente sumiso, que al parecer hubieran
podido permitirle correr en libertad por los riscos circundantes, para
llamarlo con un simple silbido cuando llegara el momento de la ejecución. El explorador no se interesaba mucho por el
aparato y, se paseaba detrás del condenado con visible indiferencia, mientras
el oficial daba fin a los últimos preparativos, arrastrándose de pronto bajo
el aparato, profundamente hundido en la tierra, o trepando de pronto por una
escalera para examinar las partes superiores. Fácilmente hubiera podido
ocuparse de estas labores un mecánico, pero el oficial las desempeñaba con
gran celo, tal vez porque admiraba el aparato, o tal vez porque por diversos
motivos no se podía confiar ese trabajo a otra persona. –¡Ya está todo listo! –exclamó finalmente, y descendió
de la escalera. Parecía extraordinariamente fatigado, respiraba por la boca
muy abierta, y se había metido dos finos pañuelos de mujer bajo el cuello del
uniforme. –Estos uniformes son demasiado pesados para el
trópico –comentó el explorador, en vez de hacer alguna pregunta sobre el
aparato, como hubiese deseado el oficial. –En efecto
–dijo éste, y se lavó las manos sucias de aceite y de grasa en un
balde que allí había–; pero para nosotros son símbolos de la patria; no
queremos olvidarnos de nuestra patria. Y ahora fíjese en este aparato
–prosiguió inmediatamente, secándose las manos con una toalla y mostrando
aquél al mismo tiempo. Hasta ahora intervine yo, pero de aquí en adelante
funciona absolutamente solo. El explorador asintió, y siguió al oficial. Este
quería cubrir todas las contingencias, y por eso dijo: –Naturalmente, a veces hay inconvenientes; espero
que no los haya hoy, pero siempre se debe contar con esa posibilidad. El
aparato debería funcionar ininterrumpidamente durante doce horas. Pero cuando
hay entorpecimientos, son sin embargo desdeñables, y se los soluciona
rápidamente. "¿No quiere sentarse? –preguntó luego,
sacando una silla de mimbre entre un montón de sillas semejantes, y ofreciéndosela
al explorador; éste no podía rechazarla. Se sentó entonces, al borde de un
hoyo estaba la tierra removida, dispuesta en forma de parapeto; del otro lado
estaba el aparato. –No sé
–dijo el oficial– si el comandante le ha explicado ya el aparato. El explorador hizo un ademán incierto; el oficial
no deseaba nada mejor, porque así podía explicarle personalmente el funcionamiento. –Este aparato
–dijo, tomándose de una manivela, y apoyándose en ella– es un invento
de nuestro antiguo comandante. Yo asistí a los primerísimos experimentos, y
tomé parte en todos los trabajos, hasta su terminación. Pero el mérito del
descubrimiento sólo le corresponde a él. ¿No ha oído hablar usted de nuestro
antiguo comandante? ¿No? Bueno, no exagero si le digo que casi toda la
organización de la colonia penitenciaria es obra suya. Nosotros, sus amigos,
sabíamos aun antes de su muerte que la organización de la colonia era un todo
tan perfecto, que su sucesor, aunque tuviera
mil nuevos proyectos en la
cabeza, por lo menos durante muchos años no podría cambiar nada. Y nuestra
profecía se cumplió; el nuevo comandante se vio obligado a admitirlo. Lástima
que usted no haya conocido a nuestro antiguo comandante. Pero –el oficial se
interrumpió– estoy divagando, y aquí está el aparato. Como usted ve, consta
de tres partes. Con el correr del tiempo se generalizó la costumbre de
designar a cada una, de estas partes mediante una especie de sobrenombre
popular. La inferior se llama –¿ No había escuchado con mucha atención; el sol caía
con demasiada fuerza en ese valle sin sombras, apenas podía uno concentrar
los pensamientos. Por eso mismo le parecía más admirable ese oficial, que a
pesar de su chaqueta de gala, ajustada, cargada de charreteras y de adornos,
proseguía con tanto entusiasmo sus explicaciones, y además, mientras hablaba,
ajustaba aquí y allá algún tornillo con un destornillador. En una situación
semejante a la del explorador parecía encontrarse el soldado. Se había
enrollado la cadena del condenado en torno de las muñecas; apoyado con una mano
en el fusil, cabizbajo, no se preocupaba por nada de lo que ocurría. Esto no
sorprendió al explorador, ya que el oficial hablaba en francés, y ni el
soldado ni el condenado entendían el francés. Por eso mismo era más curioso
que el condenado se esforzara por seguir las explicaciones del oficial. Con
una especie de soñolienta insistencia, dirigía la mirada hacia donde el
oficial señalaba, y cada vez que el explorador hacía una pregunta, también
él, como el oficial, lo miraba. –Sí, –¿Esto es algodón? –preguntó el explorador, y se
agachó. –Sí, claro
–dijo el oficial riendo–; tóquelo usted mismo. Cogió la mano del
explorador, y se la hizo pasar por –Es un algodón especialmente preparado, por eso
resulta tan irreconocible; ya le hablaré de su finalidad. El explorador comenzaba a interesarse un poco por
el aparato; protegiéndose los ojos con la mano, a causa del sol, contempló el
conjunto. Era una construcción elevada. El oficial no había advertido la anterior
indiferencia del explorador, pero sí notó su interés naciente; por lo tanto
interrumpió las explicaciones para que su interlocutor pudiera dedicarse sin
inconvenientes al examen de los dispositivos. El condenado imitó al explorador; como no podía
cubrirse los ojos con la mano, miraba hacia arriba, parpadeando. –Entonces, aquí se coloca al hombre –dijo el explorador, echándose hacia atrás
en su silla, y cruzando las piernas. –Sí –dijo
el oficial, corriéndose la gorra un poco hacia atrás, y pasándose la mano por
el rostro acalorado–, y ahora escuche. Tanto –¿Cómo es la sentencia? –preguntó el explorador. –¿Tampoco sabe eso? –dijo el oficial, asombrado, y se mordió
los labios–. Perdóneme si mis explicaciones son tal vez un poco desordenadas:
le ruego realmente que me disculpe. En otros tiempos, correspondía en
realidad al comandante dar las explicaciones, pero el nuevo comandante rehuye
ese honroso deber; de todos modos, el hecho de que a una visita de semejante
importancia –y aquí el explorador trató de restar importancia al elogio, con
un ademán de las manos, pero el oficial insistió–, a una visita de semejante
importancia ni siquiera se la ponga en conocimiento del carácter de nuestras
sentencias, constituye también una insólita novedad, que... –Y con una
maldición al borde de los labios se contuvo y prosiguió–...Yo no sabía nada,
la culpa no es mía. De todos modos, yo soy la persona más capacitada para
explicar nuestros procedimientos, ya que tengo en mi poder –y se palmeó el
bolsillo superior– los respectivos diseños preparados por la propia mano de
nuestro antiguo comandante. –¿Los diseños del comandante mismo? –preguntó el
explorador–. ¿Reunía entonces todas las cualidades? ¿Era soldado, juez,
constructor, químico y dibujante? –Efectivamente
–dijo el oficial, asintiendo con una mirada impenetrable y lejana. Luego se examinó las manos; no le parecían
suficientemente limpias para tocar los diseños; por lo tanto, se dirigió
hacia el balde, y se las lavó nuevamente. Luego sacó un pequeño portafolio de
cuero, y dijo: –Nuestra sentencia no es aparentemente severa.
Consiste en escribir sobre el cuerpo del condenado, mediante HONRA A TUS SUPERIORES. El explorador miró rápidamente al hombre; en el
momento en que el oficial lo señalaba, estaba cabizbajo y parecía prestar
toda la atención de que sus oídos eran capaces, para tratar de entender algo.
Pero los movimientos de sus labios gruesos y apretados demostraban
evidentemente que no entendía nada. El explorador hubiera querido formular
diversas preguntas, pero al ver al individuo sólo inquirió: –¿Conoce él su sentencia? –No –dijo
el oficial, tratando de proseguir inmediatamente con sus explicaciones, pero
el explorador lo interrumpió. –¿No conoce su sentencia? –No –replicó el oficial, callando un instante como
para permitir que el explorador ampliara su pregunta–. Sería inútil
anunciársela. Ya la sabrá en carne propia. El explorador no quería preguntar más; pero sentía
la mirada del condenado fija en él, como inquiriéndole si aprobaba el
procedimiento descrito. En consecuencia, aunque se había repantigado en la
silla, volvió a inclinarse hacia adelante y siguió preguntando: –Pero por lo menos ¿sabe que ha sido condenado? –Tampoco
–dijo el oficial, sonriendo como si esperara que le hiciera otra
pregunta extraordinaria. –¿No? –dijo
el explorador, y se pasó la mano por la frente–, entonces ¿el individuo
tampoco sabe cómo fue conducida su defensa? –No se le dio ninguna oportunidad de defenderse –dijo el oficial, y volvió la mirada, como
hablando consigo mismo, para evitar al explorador la vergüenza de oír una
explicación de cosas tan evidentes. –Pero debe de haber tenido alguna oportunidad de
defenderse –insistió el explorador, y se levantó de su asiento. El oficial comprendió que corría el peligro de ver
demorada indefinidamente la descripción del aparato; por lo tanto, se acercó
al explorador, lo tomó por el brazo, y señaló con la mano al condenado, que
al ver tan evidentemente que toda la atención se dirigía hacia él, se puso en
posición de firme, mientras el soldado daba un tirón a la cadena. –Le explicaré cómo se desarrolla el proceso –dijo el oficial–. Yo he sido designado
juez de la colonia penitenciaria. A pesar de mi juventud. Porque yo era el
consejero del antiguo comandante en
todas las cuestiones penales, y además conozco el aparato mejor que nadie. Mi
principio fundamental es éste: la culpa es siempre indudable. Tal vez otros
juzgados no siguen este principio fundamental, pero son multipersonales, y
además dependen de otras cámaras superiores. Este no es nuestro caso, o por
lo menos no lo era en la época de nuestro antiguo comandante. El nuevo ha
demostrado, sin embargo, cierto deseo de inmiscuirse en mis juicios, pero
hasta ahora he logrado mantenerlo a cierta distancia, y espero seguir
lográndolo. Usted desea que le explique este caso particular; es muy simple,
como todos los demás. Un capitán presentó esta mañana la acusación de que
este individuo, que ha sido designado criado suyo, y que duerme frente a su
puerta, se había dormido durante la guardia. En efecto, tiene la obligación
de levantarse al sonar cada hora, y hacer la venia ante la puerta del
capitán. Como se ve, no es una obligación excesiva, y sí muy necesaria,
porque así se mantiene alerta en sus funciones, tanto de centinela como de
criado. Anoche el
capitán quiso comprobar
si su criado cumplía con su deber. Abrió la
puerta –exactamente a las dos, y lo encontró dormido en el suelo. Cogió la
fusta, y le cruzó la cara. En vez de levantarse y suplicar perdón, el
individuo aferró a su superior por las piernas, lo sacudió y exclamó:
"Arroja ese látigo, o te como vivo". Estas son las pruebas. El
capitán vino a verme hace una hora, tomé nota de su declaración y dicté
inmediatamente la sentencia. Luego hice encadenar al culpable. Todo esto fue muy simple. Si primeramente lo hubiera
hecho llamar, y lo
hubiera interrogado, sólo habrían surgido confusiones. Habría mentido, y si
yo hubiera querido desmentirlo, habría
reforzado sus mentiras con nuevas
mentiras, y así sucesivamente. En
cambio, así lo tengo en mi poder, y no se escapará. ¿Está todo aclarado? Pero el tiempo pasa,
ya debería comenzar la ejecución, y todavía no terminé de explicarle el
aparato. Obligó al explorador a que se sentara nuevamente,
se acercó otra vez al aparato, y comenzó: –Como usted ve, la forma de Se inclinó amistosamente ante el explorador,
dispuesto a dar las más amplias explicaciones. El explorador, con el ceño fruncido, consideró –¿El comandante asistirá a la ejecución? –No es seguro
–dijo el oficial, dolorosamente impresionado por una pregunta tan
directa, mientras su expresión amistosa se desvanecía–. Por eso mismo debemos
darnos prisa. En consecuencia, aunque lo siento muchísimo, me veré obligado a
simplificar mis explicaciones. Pero mañana, cuando hayan limpiado nuevamente
el aparato (su única falla consiste en que se ensucia mucho), podré seguir
explayándome con más detalles. Reduzcámonos entonces por ahora a lo más
indispensable. Una vez que el hombre está acostado en El explorador se levantó lentamente, se acercó, y
se inclinó sobre –Como usted ve
–dijo el oficial–, hay dos clases de agujas, dispuestas de diferente
modo. Cada aguja larga va acompañada por una más corta. La larga se reduce a
escribir, y la corta arroja agua, para lavar la sangre y mantener legible la
inscripción. La mezcla de agua y sangre corre luego por pequeños canalículos,
y finalmente desemboca en este canal principal, para verterse en el hoyo, a
través de un caño de desagüe. El oficial mostraba con el dedo el camino exacto
que seguía la mezcla de agua y sangre. Mientras él, para hacer lo más gráfica
posible la imagen, formaba un cuenco con ambas manos en la desembocadura del
caño de salida, el explorador alzó la cabeza y trató de volver a su asiento,
tanteando detrás de sí con la mano. Vio entonces con horror que también el
condenado había obedecido la invitación del oficial para ver más de cerca la
disposición de –¡Póngalo de pie! –gritó el oficial, porque advirtió
que el condenado distraía demasiado al explorador. En efecto, éste se
había inclinado sobre
–¡Trátelo con cuidado! –volvió a gritar el
oficial. Luego corrió en torno del aparato, cogió personalmente al
condenado bajo las
axilas, y aunque éste se resbalaba constantemente, con la ayuda del
soldado lo puso de pie. –Ya estoy al tanto de todo –dijo el explorador, cuando el oficial
volvió a su lado. –Menos de lo más importante –dijo éste, tomándolo por un brazo y
señalando hacia lo alto–. Allá arriba, en el Diseñador, está el engranaje que pone en movimiento Mostró la primera hoja. El explorador hubiera
querido hacer alguna observación pertinente, pero sólo vio líneas que se
cruzaban repetida y laberínticamente, y que cubrían en tal forma el papel,
que apenas podían verse los espacios en blanco que las separaban. –Lea –dijo
el oficial. –No puedo
–dijo el explorador. –Sin embargo está claro –dijo el oficial. –Es muy ingenioso
–dijo el explorador evasivamente–, pero no puedo descifrarlo. –Sí –dijo
el oficial, riendo y guardando nuevamente el plano–, no es justamente
caligrafía para escolares. Hay que estudiarlo largamente. También usted
terminaría por entenderlo, estoy seguro. Naturalmente, no puede ser una
inscripción simple; su fin no es provocar directamente la muerte, sino
después de un lapso de doce horas, término medio; se calcula que el momento
crítico tiene lugar a la sexta hora. Por lo tanto, muchos, muchísimos adornos
rodean la verdadera inscripción; ésta sólo ocupa una estrecha faja en torno
del cuerpo; el resto se reserva a los embellecimientos. ¿Está ahora en
condiciones de apreciar la labor de El conjunto comenzó a funcionar. Si la rueda no
hubiera chirriado, habría sido maravilloso. Como si el ruido de la rueda lo
hubiera sorprendido, el oficial la amenazó con el puño, luego abrió los
brazos, como disculpándose ante el explorador, y descendió rápidamente, para
observar desde abajo el funcionamiento
del aparato. Todavía había algo que no andaba, y que sólo él percibía; volvió
a subir, buscó algo con ambas manos en el interior del Diseñador, se dejó deslizar por una de las barras, en vez de
utilizar la escalera, para bajar más rápidamente, y exclamó con toda su voz
en el oído del explorador, para hacerse oír en medio del estrépito: –¿Comprende el funcionamiento? El explorador había inclinado el oído hacia el
oficial, y con las manos en los bolsillos de la chaqueta contemplaba el
funcionamiento de la máquina. También el condenado lo contemplaba, pero sin
comprender. Un poco agachado, seguía el movimiento de las agujas oscilantes;
mientras tanto el soldado, ante una señal del oficial, le cortó con un
cuchillo la camisa y los pantalones, por la parte de atrás de modo que estos
últimos cayeron al suelo; el individuo trató de retener las ropas que se le
caían, para cubrir su desnudez, pero el soldado lo alzó en el aire y
sacudiéndolo hizo caer los últimos jirones de vestimenta. El oficial detuvo
la máquina, y en medio del repentino silencio el condenado fue colocado bajo La correa destinada a la mano izquierda se rompió;
probablemente, el soldado la había estirado demasiado. El oficial tuvo que
intervenir, y el soldado le mostró el trozo roto de correa. Entonces el
oficial se le acercó, y con el rostro vuelto hacia el explorador dijo: –Esta máquina es muy compleja, a cada momento se
rompe o se descompone alguna cosa; pero uno no debe permitir que estas
circunstancias influyan en el juicio de conjunto. De todos modos, las correas
son fácilmente sustituibles; usaré una cadena; es claro que la delicadeza de
las vibraciones del brazo derecho sufrirá un poco. Y mientras sujetaba la cadena, agregó: –Los recursos destinados "a la conservación
de la máquina son ahora sumamente reducidos. Cuando estaba el antiguo
comandante, yo tenía a mi disposición una suma de dinero con esa única
finalidad. Había aquí un depósito, donde se guardaban piezas de repuesto de
todas clases. Confieso que he sido bastante pródigo con ellas, me refiero a
antes, no ahora, como insinúa el nuevo comandante, para quien todo es un
motivo de ataque contra el antiguo orden. Ahora se ha hecho cargo
personalmente del dinero destinado a la máquina, y si le mando pedir una
nueva correa, me pide, como prueba, la correa rota; la nueva llega por lo
menos diez días después, y además es de mala calidad, y no sirve de mucho.
Cómo puede funcionar mientras tanto la máquina sin correas, eso no le
preocupa a nadie. El explorador pensó: Siempre hay que reflexionar
un poco antes de intervenir decisivamente en los asuntos de los demás. El no
era ni miembro de la colonia penitenciaria, ni ciudadano del país al que ésta
pertenecía. Si pretendía emitir juicios sobre la ejecución o trataba
directamente de obstaculizarla, podían decirle: "Eres un extranjero, no
te metas." Ante esto no podía contestar nada, sólo agregar que realmente
no comprendía su propia actitud, y de ningún modo pretendía modificar los
métodos judiciales de los demás. Pero aquí se encontraba con cosas que
realmente lo tentaban a quebrar su resolución, de no inmiscuirse. La
injusticia del procedimiento y la inhumanidad de la ejecución eran indudables.
Nadie podía suponer que el explorador tenía algún interés personal en el
asunto, porque el condenado era para él un desconocido, no era compatriota
suyo, y ni siquiera era capaz de inspirar compasión. El explorador había sido
recomendado por personas muy importantes, había sido recibido con gran
cortesía, y el hecho de que lo hubieran invitado a la ejecución podía
justamente significar que se deseaba conocer su opinión sobre el asunto. Esto
parecía bastante probable, porque el comandante, como bien claramente
acababan de expresarle, no era partidario de estos procedimientos, y su
actitud ante el oficial era casi hostil. En ese momento oyó el explorador un grito airado
del oficial. Acababa de colocar, no sin gran esfuerzo, la mordaza de fieltro
dentro de la boca del condenado, cuando este último, con una náusea
irresistible, cerró los ojos y vomitó. Rápidamente el oficial le alzó la
cabeza, alejándola de la mordaza y tratando de dirigirla hacia el hoyo; pero
era demasiado tarde, y el vómito se derramó sobre la máquina. –¡Todo esto es culpa del comandante! –gritó el
oficial, sacudiendo insensatamente la barra de cobre que tenía enfrente–. Me
dejarán la máquina más sucia que una pocilga –y con manos temblorosas mostró
al explorador lo que había ocurrido–. Durante horas he tratado de hacerle
comprender al comandante que el condenado debe ayunar un día entero antes de
la ejecución. Pero nuestra nueva doctrina compasiva no lo quiere así. Las
señoras del comandante visitan al condenado y le atiborran la garganta de
dulces. Durante toda la vida se alimentó de peces hediondos, y ahora necesita
comer dulces. Pero en fin, podríamos pasarlo por alto, yo no protestaría,
pero ¿por qué no quieren conseguirme una nueva mordaza de fieltro, ya que
hace tres meses que la pido: ¿Quién podría meterse en la boca, sin asco, una
mordaza que más de cien moribundos han chupado y mordido? El condenado había dejado caer la cabeza y parecía
tranquilo; mientras tanto, el soldado limpiaba la máquina con la camisa del
otro. El oficial se dirigió hacia él explorador, que tal vez por un
presentimiento retrocedió un paso, pero el oficial lo cogió por la mano y lo
llevó aparte. –Quisiera hablar confidencialmente algunas
palabras con usted –dijo este último–.
¿Me lo permite? –Naturalmente
–dijo el explorador, y escuchó con la mirada baja. –Este procedimiento judicial, y este método de
castigo, que usted tiene ahora oportunidad de admirar, no goza actualmente en
nuestra colonia de ningún abierto partidario. Soy su único sostenedor, y al
mismo tiempo el único sostenedor de la tradición del antiguo comandante. Ya
ni podría pensar en la menor ampliación del procedimiento, y necesito emplear
todas mis fuerzas para mantenerlo tal como es actualmente. En vida de nuestro
antiguo comandante, la colonia estaba llena de partidarios; yo poseo en parte
la fuerza de convicción del antiguo comandante, pero carezco totalmente de su
poder; en consecuencia, los partidarios se ocultan; todavía hay muchos, pero
ninguno lo confiesa. Si usted entra hoy, que es día de ejecución, en la
confitería, y escucha las conversaciones, tal vez sólo oiga frases de sentido
ambiguo. Esos son todos partidarios, pero bajo el comandante actual, y con
sus doctrinas actuales, no me sirven absolutamente de nada. Y ahora le
pregunto: ¿le parece bien que por culpa de este comandante y sus señoras, que
influyen sobre él, semejante obra de toda una vida –y señaló la maquinaria–
desaparezca? ¿Podemos permitirlo? Aun cuando uno sea un extranjero, y sólo
haya venido a pasar un par de días en nuestra isla. Pero no podemos perder
tiempo, porque también se prepara algo contra mis funciones judiciales; ya
tienen lugar conferencias en la oficina del comandante, de las que me veo
excluido; hasta su visita de hoy, señor, me parece formar parte de un plan;
por cobardía lo utilizan a usted, un extranjero, como pantalla. ¡Qué
diferente era en otros tiempos la ejecución! Ya un día antes de la ceremonia,
el valle estaba completamente lleno de gente; todos venían sólo para ver; por
la mañana temprano aparecía el comandante con sus señoras; las fanfarrias
despertaban a todo el campamento; yo presentaba un informe de que todo estaba
preparado; todo el estado mayor –ningún alto oficial se atrevía a faltar– se
ubicaba en torno de la máquina; este montón de sillas de mimbre es un mísero
resto de aquellos tiempos. La máquina resplandecía, recién limpiada; antes de
cada ejecución me entregaban piezas nuevas de repuesto. Ante cientos de ojos
–todos los asistentes en puntas de pie, hasta en la cima de esas colinas– el
condenado era colocado por el mismo comandante debajo de El oficial había evidentemente olvidado quién era
su interlocutor; lo había abrazado, y apoyaba la cabeza sobre su hombro. El
explorador se sentía grandemente desconcertado; inquieto, miraba hacia la
lejanía. El soldado había terminado su limpieza, y ahora vertía pulpa de
arroz en el recipiente. Apenas la advirtió el condenado, que parecía haberse
mejorado completamente, comenzó a lamer la papilla con la lengua. El soldado
trataba de alejarlo, porque la papilla era para más tarde, pero de todos
modos también era incorrecto que el soldado metiera en el recipiente sus
sucias manos, y se dedicara a comer ante el ávido condenado. El oficial recobró rápidamente el dominio de sí
mismo. –No quise emocionarlo –dijo–, ya sé que actualmente es imposible
dar una idea de lo que eran esos tiempos. De todos modos, la máquina todavía
funciona, y se basta a sí misma. Se basta a sí misma, aunque se encuentra muy
solitaria en este valle. Y al terminar, el cadáver cae como antaño dentro del
hoyo, con un movimiento incomprensiblemente suave, aunque ya no se apiñan las
muchedumbres como moscas en torno de la sepultura, como en otros tiempos.
Antaño teníamos que colocar una sólida baranda en torno de la sepultura, pero
hace mucho que la arrancamos. El explorador quería ocultar su rostro al oficial,
y miraba en torno, al azar. El oficial creía que contemplaba la desolación
del valle; le cogió por lo tanto las manos, se colocó frente a él, para
mirarlo en los ojos, y le preguntó:. –¿Se da cuenta, qué vergüenza? Pero el explorador calló. El oficial lo dejó un
momento entregado a sus pensamientos; con las manos en las caderas, las
piernas abiertas, permaneció callado, cabizbajo. Luego sonrió alentadoramente
al explorador, y dijo: –Yo estaba ayer cerca de usted cuando el
comandante lo invitó. Oí la invitación. Conozco al comandante. Inmediatamente
comprendía su propósito. Aunque su poder es suficientemente grande para tomar
medidas contra mí, todavía no se atreve, pero ciertamente tiene la intención de oponerme su veredicto
de usted, el veredicto de un ilustre extranjero. Lo ha calculado
perfectamente: hace dos días que usted está en la isla, no conoció al antiguo
comandante, ni su manera de pensar, está habituado a los puntos de vista
europeos, tal vez se opone
fundamentalmente a la pena capital en general y a estos tipos
de castigo mecánico en particular; además comprueba que la ejecución tiene
lugar sin ningún apoyo popular, tristemente, mediante una máquina ya un poco
arruinada; considerando todo esto (así piensa el comandante), ¿no sería
entonces muy probable que desaprobara mis métodos? Y si los desaprobara, no
ocultaría su desaprobación (hablo siempre en nombre del comandante),
porque confía ampliamente en sus bien probadas conclusiones.
Es verdad que usted ha visto las numerosas peculiaridades de numerosos
pueblos, y ha aprendido a apreciarlas, y por lo tanto es probable que no se
exprese con excesivo rigor contra el procedimiento, como lo haría en su propio
país. Pero el comandante no necesita tanto. Una palabra cualquiera, hasta una
observación un poco imprudente le bastaría. No hace ni siquiera falta que esa
observación exprese su opinión, basta que aparentemente corrobore la intención
del comandante. Que él tratará de
sonsacarlo con preguntas astutas, de eso estoy seguro. Y sus señoras estarán
sentadas en torno, y alzarán las orejas; tal vez usted diga: "En mi país
el procedimiento judicial es distinto", o "En mi país se permite al
acusado defenderse antes de la sentencia", o "En mi país hay otros
castigos, además de la pena de muerte", o "En mi país sólo existió
la tortura en El explorador tuvo que contener una sonrisa; tan
fácil era entonces la tarea que le había parecido tan difícil. Dijo
evasivamente: –Usted exagera mi influencia; el comandante leyó
mis cartas de recomendación, y sabe que no soy ningún entendido en
procedimientos judiciales. Si yo expresara una opinión, sería la opinión de
un particular, en nada más significativa que la opinión de cualquier otra
persona, y en todo caso mucho menos significativa que la opinión del
comandante, que según creo posee en esta colonia penitenciaria prerrogativas
extensísimas. Si la opinión de él sobre este procedimiento es tan hostil como
usted dice, entonces, me temo que haya llegado la hora decisiva para el
mismo, sin que se requiera mi humilde ayuda. ¿Lo había comprendido ya el oficial? No, todavía
no lo comprendía. Meneó enfáticamente la cabeza, volvió brevemente la mirada
hacia el condenado y el soldado, que se alejaron por instinto del arroz, se
acercó bastante al explorador, lo miró no en los ojos, sino en algún sitio de
la chaqueta, y le dijo más despacio que antes: –Usted no conoce al comandante; usted cree
(perdone la expresión) que es una especie de extraño para él y para nosotros;
sin embargo, créame, su influjo no podría ser subestimado. Fue una verdadera
felicidad para mí saber que usted asistiría solo a la ejecución. Esa orden
del comandante debía perjudicarme, pero yo sabré sacar ventaja de ella. Sin
distracciones provocadas por falsos murmullos y por miradas desdeñosas
(imposibles de evitar si una gran multitud hubiera asistido a la ejecución),
usted ha oído mis explicaciones, ha visto la máquina, y está ahora a punto de
contemplar la ejecución. Ya se ha formado indudablemente un juicio; si
todavía no está seguro de algún pequeño detalle, el desarrollo de la
ejecución disipará sus últimas dudas. Y ahora elevo ante usted esta súplica:
Ayúdeme contra el comandante. El explorador no le permitió proseguir. –¡Cómo me pide usted eso –exclamó–, es totalmente
imposible! No puedo ayudarlo en lo más mínimo, así como tampoco puedo
perjudicarlo. –Puede
–dijo el oficial; con cierto temor, el explorador vio que el oficial
contraía los puños–. Puede –repitió el oficial con más insistencia todavía–.
Tengo un plan, que no fallará. Usted cree que su influencia no es suficiente.
Yo sé que es suficiente. Pero suponiendo que usted tuviera razón, ¿no sería
de todos modos necesario tratar de utilizar toda clase de recursos, aunque
dudemos de su eficacia, con tal de conservar el antiguo procedimiento? Por lo
tanto, escuche usted mi plan. Ante todo es necesario para su éxito que hoy,
cuando se encuentre usted en la colonia, sea lo más reticente posible en sus
juicios sobre el procedimiento. A menos que le formulen una pregunta directa,
no debe decir una palabra sobre el asunto; si lo hace, que sea con frases
breves y ambiguas; debe dar a entender que no le agrada discutir ese tema,
que ya está harto de él, que si tuviera que decir algo, prorrumpiría
francamente en maldiciones. No le pido que mienta; de ningún modo; sólo debe
contestar lacónicamente, por ejemplo: "Sí, asistí a la ejecución",
o "Sí, escuché todas las explicaciones". Sólo eso, nada más. En
cuanto al fastidio que usted pueda dar a entender, tiene motivos suficientes,
aunque no sean tan evidentes para el comandante. Naturalmente, éste
comprenderá todo mal, y lo interpretará a su manera. En eso se basa
justamente mi plan. Mañana se realizará en la oficina del comandante,
presidida por éste, una gran asamblea de todos los altos oficiales
administrativos. El comandante, por supuesto, ha logrado convertir esas
asambleas en un espectáculo
público. Hizo construir una galería, que está siempre llena de
espectadores. Estoy obligado a tomar parte en las asambleas, pero me enferman
de asco. Ahora bien, pase lo que pase, es seguro que a usted lo invitarán; si
se atiene hoy a mi plan, la invitación se convertirá en una insistente
súplica. Pero si por cualquier motivo imprevisible no fuera invitado, debe
usted de todos modos pedir que lo inviten; es indudable que así lo harán. Por
lo tanto, mañana estará usted sentado con las señoras en el palco del
comandante. El mira a menudo hacia arriba, para asegurarse de su presencia.
Después de varias órdenes del día, triviales y ridículas, calculadas para
impresionar al auditorio –en su mayoría son obras portuarias, ¡eternamente
obras porturarias!–, se pasa a discutir nuestro procedimiento judicial. Si
eso no ocurre, o no ocurre bastante pronto, por desidia del comandante, me
encargaré yo de introducir el tema. Me pondré de pie y mencionaré que la
ejecución de hoy tuvo lugar. Muy breve, una simple mención. Semejante mención
no es en realidad usual, pero no importa. El comandante me da las gracias,
como siempre, con una sonrisa amistosa, y ya sin poder contenerse aprovecha
la excelente oportunidad. "Acaban de anunciar –más o menos así dirá– que
ha tenido lugar la ejecución. Sólo quisiera agregar a este anuncio que dicha
ejecución ha sido presenciada por el gran investigador que como ustedes saben
honra extraordinariamente nuestra colonia con su visita. También nuestra asamblea
de hoy adquiere singular significado gracias a su presencia. ¿No convendría
ahora preguntar a este famoso investigador qué juicio le merece nuestra forma
tradicional de administrar la pena capital, y el procedimiento judicial que
la precede?" Naturalmente, aplauso general, acuerdo unánime, y mío más
que de nadie. El comandante se inclina ante usted, y dice: "Por lo
tanto, le formulo en nombre de todos dicha pregunta". Y entonces usted
se adelanta hacia la baranda del palco. Apoya las manos donde todos pueden
verlas, porque si no, se las cogerán las señoras y jugarán con sus dedos. Y
por fin se escucharán sus palabras. No sé cómo podré soportar la tensión de
la espera hasta ese instante. En su discurso no debe haber ninguna
reticencia, diga la verdad a pleno pulmón, inclínese sobre el borde del
balcón, grite, sí, grite al comandante su opinión, su inconmovible opinión. Pero tal vez no le guste a usted esto, no
corresponde a su carácter, o quizás en su país uno se comporta diferentemente
en esas ocasiones; bueno, está bien, también así será suficientemente eficaz,
no hace falta que se ponga de pie, diga solamente un par de palabras,
susúrrelas, que sólo los oficiales que están debajo de usted las oigan, es
suficiente, no necesita mencionar siquiera la falta de apoyo popular a la
ejecución, ni la rueda que chirría, ni las correas rotas, ni el nauseabundo
fieltro, no, yo me encargo de todo eso, y le aseguro que si mi discurso no
obliga al comandante a abandonar el salón, lo obligará a arrodillarse y
reconocer: "Antiguo comandante, ante ti me inclino." Este es mi plan; ¿quiere ayudarme a realizarlo?
Pero, naturalmente, usted quiere, aún más, debe ayudarme. El oficial cogió al explorador por ambos brazos, y
lo miró en los ojos, respirando agitadamente. Había gritado con tal fuerza
las últimas frases, que hasta el soldado y el condenado se habían puesto a
escuchar; aunque no podían entender nada, habían dejado de comer, y dirigían
la mirada hacia el explorador, masticando todavía. Desde el primer momento el explorador no había
dudado de cuál debía ser su respuesta. Durante su vida había reunido
demasiada experiencia, para dudar en este caso; era una persona
fundamentalmente honrada, y no conocía el temor. Sin embargo contemplando al
soldado y el condenado, vaciló un instante. Por fin dijo lo que debía decir: –No. El oficial parpadeó varias veces, pero no desvió
la mirada. –¿Desea usted una explicación? –preguntó el
explorador. El oficial asintió, sin hablar. –Desapruebo este procedimiento –dijo entonces el explorador–, aun desde
antes que usted me hiciera estas confidencias (por supuesto que bajo ninguna
circunstancia traicionaré la confianza que ha puesto en mi); ya me había
preguntado si sería mi deber intervenir, y si mi intervención tendría después
de todo alguna posibilidad de éxito. Pero sabía perfectamente a quién debía
dirigirme en primera instancia; naturalmente al comandante. Usted lo ha hecho
más indudable aún, aunque confieso que no sólo no ha fortalecido mi decisión,
sino que su honrada convicción ha llegado a conmoverme mucho, por más que no
logre modificar mi opinión. El oficial callaba; se volvió hacia la máquina, se
tomó de una de las barras de bronce, y contempló, un poco echado hacia atrás,
el Diseñador, como para comprobar
que todo estaba en orden. El soldado y el condenado parecían haberse hecho
amigos; el condenado hacía señales al soldado, aunque sus sólidas ligaduras
dificultaban notablemente la operación; el soldado se inclinó hacia él; el
condenado le susurró algo, y el soldado asintió. El explorador se acercó al oficial, y dijo: –Todavía no sabe usted lo que pienso hacer.
Comunicaré al comandante, en efecto, lo que opino del procedimiento, pero no
en una asamblea, sino en privado; además, no me quedaré aquí lo suficiente
para asistir a ninguna conferencia; mañana por la mañana me voy, o por lo
menos me embarco. No parecía que el oficial lo hubiera escuchado. –Así que el procedimiento no lo convence –dijo éste para sí, y sonrió, como un
anciano que se ríe de la insensatez de un niño, y a pesar de la sonrisa
prosigue sus propias meditaciones–. Entonces, llegó el momento –dijo por fin, y miró de pronto al
explorador con clara mirada, en la que se veía cierto desafío, cierto vago
pedido de cooperación. –¿Cuál momento? –preguntó inquieto el explorador,
sin obtener respuesta. –Eres libre
–dijo el oficial al condenado, en su idioma; el hombre no podía
creerlo–. Vamos, eres libre –repitió el oficial. Por primera vez, el rostro del condenado pareció
realmente animarse. ¿Sería verdad? ¿No sería un simple capricho del oficial,
que no duraría ni un instante? ¿Tal vez el explorador extranjero había
suplicado que lo perdonaran? ¿Qué ocurría? Su cara parecía formular estas
preguntas. Pero por poco tiempo. Fuera lo que fuese, deseaba ante todo
sentirse realmente libre, y comenzó a debatirse en la medida que –Me romperás las correas –gritó el oficial–,
quédate quieto. Ya te desataremos. Y después de hacer una señal al soldado, pusieron
manos a la obra. El condenado sonreía sin hablar, para sí mismo, volviendo la
cabeza ora hacia la izquierda, hacia el oficial, ora hacia el soldado, a la
derecha; y tampoco olvidó al explorador. –Sácalo de allí –ordenó el oficial al soldado. A causa de Desde este momento, el oficial no le prestó la
menor atención. Se acercó al explorador, volvió a sacar el pequeño portafolio
de cuero, buscó en él un papel, encontró por fin la hoja que buscaba, y la
mostró al explorador. –Lea esto
–dijo. –No puedo
–dijo el explorador–, ya le dije que no puedo leer esos planos. –Mírelo con más atención, entonces –insistió el
oficial, y se acercó más al explorador, para que leyeran juntos. Como tampoco esto resultó de ninguna utilidad, el
oficial trató de ayudarlo, siguiendo la inscripción con el dedo meñique, a
gran altura, como si en ningún caso debiera tocar el plano. El explorador
hizo un esfuerzo para mostrarse amable con el oficial, por lo menos en algo,
pero sin éxito. Entonces el oficial comenzó a deletrear la inscripción, y
luego la leyó entera. –"Sé justo", dice –explicó–; ahora puede
leerla. El explorador se agachó sobre el papel, que el
oficial, temiendo que lo tocara, alejó un poco; el explorador no dijo
absolutamente nada, pero era evidente que todavía no había conseguido leer
una letra. –"Sé justo", dice –repitió el oficial. –Puede ser
–dijo el explorador–, estoy dispuesto a creer que así es. –Muy bien
–dijo el oficial, por lo menos en parte satisfecho–, y trepó la
escalera con el papel en la mano; con gran cuidado lo colocó dentro del Diseñador, y pareció cambiar toda la
disposición de los engranajes; era una labor muy difícil, seguramente había
que manejar rueditas muy diminutas; a menudo la cabeza del oficial
desaparecía completamente dentro del Diseñador,
tanta exactitud requería el montaje de los engranajes. Desde abajo, el explorador contemplaba
incesantemente su labor, con el cuello endurecido, y los ojos doloridos por
el reflejo del sol sobre el cielo. El soldado y el condenado estaban ahora
muy ocupados. Con la punta de la bayoneta, el soldado pescó del fondo del
hoyo la camisa y los pantalones del condenado. La camisa estaba
espantosamente sucia, y el condenado la lavó en el balde de agua. Cuando se
puso la camisa y los pantalones, tanto el soldado como el condenado se rieron
estrepitosamente, porque las ropas estaban rasgadas por detrás. Tal vez el
condenado se creía en la obligación de entretener al soldado, y con sus ropas
desgarradas giraba delante de él; el soldado se había puesto en cuclillas y a
causa de la risa se golpeaba las rodillas. Pero trataban de contenerse, por
respeto hacia los presentes. Cuando el oficial terminó arriba con su trabajo,
revisó nuevamente todos los detalles de la maquinaria, sonriendo, pero esta
vez cerró la tapa del Diseñador,
que hasta ahora había estado abierta; descendió, miró el hoyo, luego al condenado,
advirtió satisfecho que éste había recuperado sus ropas, luego se dirigió al
balde, para lavarse las manos, descubrió demasiado tarde que estaba
repugnantemente sucio, se entristeció porque ya no podía lavarse las manos,
finalmente las hundió en la arena –este sustituto no le agradaba mucho, pero
tuvo que conformarse –, luego se puso de pie y comenzó a desabotonarse el
uniforme. Se le cayeron entonces en la mano dos pañuelos de mujer que tenía
metidos debajo del cuello. –Aquí tienes tus pañuelos –dijo, y se los arrojó al condenado. Y explicó al explorador: –Regalo de las señoras. A pesar de la evidente prisa con que se quitaba la
chaqueta del uniforme, para luego desvestirse, totalmente, trataba cada
prenda de vestir con sumo cuidado; acarició ligeramente con los dedos los
adornos plateados de su chaqueta, y colocó una borla en su lugar. Este
cuidado parecía, sin embargo, innecesario, porque apenas terminaba de acomodar
una prenda, inmediatamente con una especie de estremecimiento de desagrado,
la arrojaba dentro del hoyo. Lo último que le quedó fue su espadín, y el
cinturón que lo sostenía. Sacó el espadín de la vaina, lo rompió, luego
reunió todo, los trozos de espada, la vaina y el cinturón, y lo arrojó con
tanta violencia que los fragmentos resonaron al caer en el fondo. Ya estaba desnudo. El explorador se mordió los
labios, y no dijo nada. Sabía muy bien lo que iba a ocurrir, pero no tenía
ningún derecho de inmiscuirse. Si el procedimiento judicial, que tanto
significaba para el oficial, estaba realmente tan próximo a su desaparición
–posiblemente como consecuencia de la intervención del explorador, lo que
para éste era una ineludible obligación–, entonces, el oficial hacía lo que
debía hacer; en su lugar el explorador no habría procedido de otro modo. Al principio, el soldado y el condenado no
comprendían; para empezar, ni siquiera miraban. El condenado estaba muy
contento de haber recuperado los pañuelos, pero esta alegría no le duró mucho
porque el soldado se los arrancó, con un ademán rápido e inesperado. Ahora el
condenado trataba de arrancarle a su vez los pañuelos al soldado; éste se los
había metido debajo del cinturón, y se mantenía alerta. Así luchaban, medio
en broma. Sólo cuando el oficial apareció completamente desnudo, prestaron
atención. Sobre todo el condenado pareció impresionado por la idea de este
asombroso trueque de la suerte. Lo que le había sucedido a él, ahora le
sucedía al oficial. Tal vez hasta el final. Aparentemente, el explorador
extranjero había dado la orden. Por lo tanto, esto era la venganza. Sin haber
sufrido hasta el fin, ahora sería vengado hasta el fin. Una amplia y
silenciosa sonrisa apareció entonces en su rostro, y no desapareció más.
Mientras tanto, el oficial se dirigió hacia la máquina. Aunque ya había demostrado
con largueza, que la comprendía, era sin embargo casi alucinante ver cómo la
manejaba, y cómo ella le respondía. Apenas acercaba una mano a Trabajando casi silenciosamente, la máquina pasaba
casi inadvertida. El explorador miró hacia el soldado y el condenado. El
condenado mostraba más animación, todo en la máquina le interesaba, de pronto
se agachaba, de pronto se estiraba, y todo el tiempo mostraba algo al soldado
con el índice extendido. Para el explorador, esto era penoso. Estaba decidido
a permanecer allí hasta el final, pero la vista de esos dos hombres le resultaba
insoportable. –Volved a casa
–dijo. El soldado estaba dispuesto a obedecerle, pero el
condenado consideró la orden como un castigo. Con las manos juntas imploró
lastimeramente que le permitieran quedarse, y como el explorador meneaba la
cabeza, y no quería ceder, terminó por arrodillarse. El explorador comprendió
que las órdenes eran inútiles, y decidió acercarse y sacarlos a empujones.
Pero oyó un ruido arriba, en el Diseñador.
Alzó la mirada. ¿Finamente habría decidido andar mal la famosa rueda? Pero
era otra cosa. Lentamente, la tapa del Diseñador
se levantó, y de pronto se abrió del todo. Los dientes de una rueda
emergieron y subieron; pronto apareció toda la rueda, como si alguna enorme
fuerza en el interior del Diseñador
comprimiera las ruedas, de modo que ya no hubiera lugar para ésta; la rueda
se desplazó hasta el borde del Diseñador,
cayó, rodó un momento sobre el canto por la arena, y luego quedó inmóvil.
Pero pronto subió otra, y otras la siguieron, grandes, pequeñas,
imperceptiblemente diminutas; con todas ocurría lo mismo, siempre parecía que
el Diseñador ya debía de estar
totalmente vacío, pero aparecía un nuevo grupo, extraordinariamente numeroso,
subía, caía, rodaba por la arena y se detenía. Ante este fenómeno, el
condenado olvidó por completo la orden del explorador, las ruedas dentadas lo
fascinaban, siempre quería coger alguna, y al mismo tiempo pedía al soldado
que lo ayudara, pero siempre retiraba la mano con temor, porque en ese
momento caía otra rueda que por lo menos en el primer instante lo atemorizaba. El explorador, en cambio, se sentía muy inquieto;
la máquina estaba evidentemente haciéndose trizas; su andar silencioso ya era
una mera ilusión. El extranjero tenía la sensación de que ahora debía
ocuparse del oficial, ya que el oficial no podía ocuparse más de sí mismo.
Pero mientras la caída de los engranajes absorbía toda su atención, se olvidó
del resto de la máquina; cuando cayó la última rueda del Diseñador, el explorador se volvió hacia –Ayudadme –gritó el explorador al soldado y al
condenado, y cogió los pies del oficial. Quería empujar los pies, mientras los otros dos
sostenían del otro lado la cabeza del oficial, para desengancharlo lentamente
de las agujas. Pero ninguno de los dos se decidía a acercarse; el condenado
terminó por alejarse; el explorador tuvo que ir a buscarlos y empujarlos a la
fuerza hasta la cabeza del oficial. En ese momento, casi contra su voluntad,
vio el rostro del cadáver. Era como había sido en vida; no se descubría en él
ninguna señal de la prometida redención; lo que todos hallaban, el oficial no
lo había hallado; tenía los labios apretados, los ojos abiertos, con la misma
expresión de siempre, la mirada tranquila y convencida; y atravesada en medio
de la frente la punta de la gran aguja de hierro. Cuando el explorador llegó a las primeras casas de
la colonia, seguido por el condenado y el soldado, éste le mostró uno de los
edificios y le dijo: –Esa es la confitería. En la planta baja de una casa había un espacio
profundo, de techo bajo, cavernoso, de paredes y cielo raso ennegrecidos por
el humo. Todo el frente que daba a la calle estaba abierto. Aunque esta
confitería no se distinguía mucho de las demás casas de la colonia, todas en
notable mal estado de conservación (aun el palacio donde se alojaba el
comandante), no dejó de causar en el explorador una sensación como de
evocación histórica, al permitirle vislumbrar la grandeza de los tiempos
idos. Se acercó y entró, seguido por sus acompañantes, entre las mesitas
vacías, dispuestas en la calle frente al edificio, y respiró el aire fresco y
cargado que provenía del interior. –El viejo está enterrado aquí –dijo el soldado–, porque el cura le negó
un lugar en el camposanto. Dudaron un tiempo dónde lo enterrarían, finalmente
lo enterraron aquí. El oficial no le contó a usted nada, seguramente, porque
ésta era, por supuesto, su mayor vergüenza. Hasta trató varias veces de
desenterrar al viejo, de noche, pero siempre lo echaban. –¿Dónde está la tumba? –preguntó el explorador,
que no podía creer lo que oía. Inmediatamente, el soldado y el condenado le
mostraron con la mano dónde debía de encontrarse la tumba. Condujeron al
explorador hasta la pared; en torno de algunas mesitas estaban sentados
varios clientes. Aparentemente eran obreros del puerto, hombres fornidos, de
barba corta, negra y reluciente. Todos estaban sin chaqueta, tenían las
camisas rotas, era gente pobre y humilde. Cuando el explorador se acercó,
algunos se levantaron, se ubicaron
junto a la pared, y lo miraron. –Es un extranjero –murmuraban en torno de él–,
quiere ver la tumba. Corrieron hacia un lado una de las mesitas, debajo
de la cual se encontraba realmente la lápida de una sepultura. Era una lápida
simple, bastante baja, de modo que una mesa podía cubrirla. Mostraba una
inscripción de letras diminutas; para leerlas, el explorador tuvo que
arrodillarse. Decía así: "Aquí yace el antiguo comandante. Sus
partidarios, que ya deben de ser incontables, cavaron esta tumba y colocaron
esta lápida. Una profecía dice que después de determinado número de años el
comandante resurgirá, desde esta casa conducirá a sus partidarios para
reconquistar la colonia. ¡Creed y esperad!" Cuando el explorador terminó de leer y se levantó,
vio que los hombres se reían, como si hubieran leído con él la inscripción, y
ésta les hubiera parecido risible, y esperaban que él compartiera esa
opinión. El explorador simuló no advertirlo, les repartió algunas monedas,
esperó hasta que volvieran a correr la mesita sobre la tumba, salió de la
confitería y se encaminó hacia el puerto. El soldado y el condenado habían encontrado
algunos conocidos en la confitería, y se quedaron conversando. Pero pronto se
desligaron de ello, porque cuando el explorador se encontraba por la mitad de
la larga escalera que descendía hacia la orilla, lo alcanzaron corriendo.
Probablemente querían pedirle a último momento que los llevara consigo.
Mientras el explorador discutía abajo con un barquero el precio del
transporte hasta el vapor, se precipitaron ambos por la escalera, en
silencio, porque no se atrevían a gritar. Pero cuando llegaron abajo, el
explorador ya estaba en el bote, y el barquero acababa de desatarlo de la
costa. Todavía podían saltar dentro del bote, pero el explorador alzó del
fondo del barco una pesada soga anudada, los amenazó con ella y evitó que
saltaran. |
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